Buenas tardes, amigos. Tras una noche inquieta pero que a la vez me ha servido para reflexionar, estoy mucho más tranquila. Este tema que voy a tratar hoy ya lo he comentado con anterioridad, pero quiero dedicarle una entrada completa.
Comencemos contando la historia desde el principio. Me acosté a las cuatro de la madrugada con los ojos hinchados y un dolor enorme en mi corazón. La vida últimamente no ha sabido darme nada más que malos ratos y pesadillas reales, y eso es algo que pasa factura. Me hace pensar si de verdad estoy actuando como debo, si lo que tengo me lo merezco, si puedo cambiar todo esto de un día para otro... y es que os prometo que yo quiero ser feliz, que no lo hago porque me guste, os juro que quiero olvidarle.
Desde un principio, yo no supe imaginarme un futuro lejano a su lado, es más, yo nunca fui capaz de verle como el padre de mis hijos y el hombre que me esperaría sonriente en el altar. Nunca lo imaginé porque siempre fui consciente de que aquello terminaría algún día; y terminó. Pero luego regresó, y, aún así, tampoco conseguí verle como algo más que una relación, seria e intensa, pero que con el tiempo se esfumaría. Y es que él siempre me lo dejó claro: como mucho, le daba a nuestra relación un año. Y fue sincero en ese aspecto. Pero yo pensé que aquello duraría más, que era normal que no le imaginase como todas esas cosas porque éramos jóvenes aún. Le quise cambiar y quise modificar su forma de ser mujeriega y la característica de ser experto en salto de flor en flor. Y me hice daño tantas veces que me acostumbré a llorar, lloraba con dolor, pero no con sufrimiento.
Y, en tan sólo unas horas, he comprendido que ahora me toca estar mal porque no puedo evitar quererle ni mucho menos añorarle. No puedo evitar recordarle, y es que, como escribí en mi primer relato corto, copiado de un gran sabio, "es fácil recordar para quien tiene memoria, pero es difícil olvidar para quien tiene corazón". Y no voy a luchar contra eso, no voy a intentar desesperadamente ser feliz de la noche a la mañana, porque debo acostumbrarme primero a vivir sin sus abrazos, sin sus besos, sin sus miradas de amor, sin él, en definitiva. No voy a intentarlo siquiera porque sé que con algo de tiempo, seré capaz de observar un atardecer sin acordarme de él, porque podré escuchar el río bajando de la montaña sin echarle de menos, pero no ahora. Ahora toca recuperarse y centrarse en otras cosas, como los estudios, el futuro que me tengo que forjar y tantos planes como tengo por cumplir. Y es que poco a poco me he hecho mayor, me voy haciendo una mujer que, dentro de poco, tendrá una casa propia y podrá abrazar cada noche a su amor verdadero.
Y de eso quiero hablar, quiero hablar de un único chico que tenga todo lo que pido. No me puedo imaginar a ese chico físicamente, pero sí puedo imaginar su forma de ser. Puedo imaginar la forma en la que me mira, con ternura y pasión, una manera de mirar que mi último chico no ha sabido tener; esa manera de mirar que para el tiempo y me ahoga de una manera dulce y lenta.
Ayer decía que no existen los príncipes azules, y no lo niego, pero no quiero un chico perfecto, quiero una persona imperfecta y mirarla cada día y pensar en que sus defectos me vuelven loca. Quiero que me lleve a pasear aunque sólo sea un rato, y que nos perdamos por Madrid. Que me bese de una manera bonita y me sepa tranquilizar con un abrazo. Quiero cenar en la terraza de nuestra casa y sentir que aquello es más bonito que estar en París con cualquier otro chico.
Quiero que me pida matrimonio y llorar de alegría ante la idea de envejecer junto a él. No quiero a otro, no quiero serle infiel, porque me hipnotizará cada mañana con un despertar increíblemente bonito.
No quiero ser una más en su lista, quiero ser la princesa que escriba cada día una página de su cuento, quiero hacerle feliz y hacerle sentir el chico más afortunado del mundo. No pido que sea rico, porque con todas estas características, seré millonaria.
Pido que me acepte tal y cómo soy, que me abrace y piense en lo mucho que me ama. Quiero tener cincuenta, sesenta, setenta, ochenta años y sentir el mismo amor que cuando teníamos veinte.
Quiero perderme por la playa con él, y quiero sentir el cosquilleo de sus dedos acariciando mi mano mientras paseamos por la orilla entre miles de bromas y cientos de mimos. Quiero ser su niña toda la vida, aunque tenga la piel arrugada y el pelo blanco como la nieve.
Quiero jugar con él, torpe y lentamente, con la vejez acariciando mi cuerpo, en el salón de nuestra casa. Recibir la visita de nuestros hijos y servirles de ejemplo para buscar una pareja ideal.
Quiero lucir un anillo con orgullo, el mismo anillo durante toda la vida, no importa si es bonito, feo, grande, pequeño, caro o barato; sólo importa lo que verdaderamente significa: la unión de dos corazones para la eternidad.
Por último, quiero morir antes que mi amor verdadero, porque sé que si no es así, moriré de pena.
Le encontraré.
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sábado, 25 de agosto de 2012
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sábado, 18 de agosto de 2012
Cientos de dudas.
Ahora mismo, mi cabeza está llena de dudas. No sé si lo estoy haciendo correctamente o si estoy cometiendo el mayor error de mi vida. No estoy segura de que mi corazón funcione como debe, pues siempre hace lo que peor futuro me trae. No quiero arriesgarme, pero tampoco quiero perderle por ir demasiado despacio. No quiero lanzarme a un precipicio a lo loco, pero por supuesto que tampoco quiero perderle por tener demasiado vértigo.
Puedo decir que estoy cagada del miedo, pero también estoy orgullosa de decir que me trata como una verdadera princesa. Sin embargo, aún no puedo meterme en nada serio, porque sigo enamorada del mismo capullo que hace un año y cuatro meses me juró amor eterno. Sí, sigo enamorada de él, soy masoquista quizá, pero como decía, mi corazón está pasando por una etapa rebelde, una etapa demasiado larga y de la que tengo miedo a quedarme atascada.
Puedo afirmar que no me habían tratado así en la vida, y eso me hace desconfiar. Le quiero, por supuesto, pero no sé si como amigo o como el hombre que quiero que me despierte a besos cada mañana. No sé si quiero que él sea el chico que me espere en el altar o el que me lleve hasta él. Y no lo sé por la sencilla razón de que al pensar en otro, se me revuelve el corazón y comienza a latir más deprisa; pero es que, desde hace varios días, con mi chico divertido como le llamo yo, me pasa lo mismo.
Esa diversión, esa forma de hacerme sonreír, de hacer que se evaporen los problemas y hacer que solo quiera que acabe el día para poder hablar con él, todo eso, me hace dudar. Y me hace dudar porque si por mí fuera, ese chico ocuparía el resto de mi vida, le abrazaría cada mañana y me ducharía entre risas, caricias y besos con él. Porque sé que no me hará llorar, sé que con él, puedo ser feliz, sé que me quiere y sé que podríamos ser felices. Sin embargo, el recuerdo de un amor imposible sigue rompiéndome la ilusión cada mañana, el fantasma de un amor imposible que pocas veces me hizo feliz, ese mismo, sigue presente. Y no puedo hacerle daño al chico que me da las buenas noches, porque quiero algo con él, pero ahora no.
En fin, lectores, que amo a un capullo y corro el riesgo de perder a un caballero. Porque definitivamente, mi corazón funciona realmente mal.
Tantas dudas y tan pocas respuestas.Gracias por leerme de nuevo. Un beso.
Puedo decir que estoy cagada del miedo, pero también estoy orgullosa de decir que me trata como una verdadera princesa. Sin embargo, aún no puedo meterme en nada serio, porque sigo enamorada del mismo capullo que hace un año y cuatro meses me juró amor eterno. Sí, sigo enamorada de él, soy masoquista quizá, pero como decía, mi corazón está pasando por una etapa rebelde, una etapa demasiado larga y de la que tengo miedo a quedarme atascada.
Puedo afirmar que no me habían tratado así en la vida, y eso me hace desconfiar. Le quiero, por supuesto, pero no sé si como amigo o como el hombre que quiero que me despierte a besos cada mañana. No sé si quiero que él sea el chico que me espere en el altar o el que me lleve hasta él. Y no lo sé por la sencilla razón de que al pensar en otro, se me revuelve el corazón y comienza a latir más deprisa; pero es que, desde hace varios días, con mi chico divertido como le llamo yo, me pasa lo mismo.
Esa diversión, esa forma de hacerme sonreír, de hacer que se evaporen los problemas y hacer que solo quiera que acabe el día para poder hablar con él, todo eso, me hace dudar. Y me hace dudar porque si por mí fuera, ese chico ocuparía el resto de mi vida, le abrazaría cada mañana y me ducharía entre risas, caricias y besos con él. Porque sé que no me hará llorar, sé que con él, puedo ser feliz, sé que me quiere y sé que podríamos ser felices. Sin embargo, el recuerdo de un amor imposible sigue rompiéndome la ilusión cada mañana, el fantasma de un amor imposible que pocas veces me hizo feliz, ese mismo, sigue presente. Y no puedo hacerle daño al chico que me da las buenas noches, porque quiero algo con él, pero ahora no.
En fin, lectores, que amo a un capullo y corro el riesgo de perder a un caballero. Porque definitivamente, mi corazón funciona realmente mal.
Tantas dudas y tan pocas respuestas.Gracias por leerme de nuevo. Un beso.
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La adolescencia..^^
"Edad que sucede a la niñez y que transcurre desde la pubertad hasta el completo desarrollo del organismo".
Esta definición es la que da la R.A.E.; pero en mi opinión está incompleta. Está incompleta porque la adolescencia no puede definirse en dos simples líneas. Es más, estoy segura de que aunque hoy le dedique este espacio, me dejaré muchos temas sin tratar.
Comencemos diciendo que la adolescencia es una etapa, pero no una etapa cualquiera. Es una etapa de cambios, quizá la más importante en la vida de una persona. Es una etapa de dudas a la vez, y también de decepciones. En la adolescencia comienzan los problemas de verdad. Comenzamos a comernos la cabeza por temas verdaderamente importantes. Sientes que todo el mundo está en tu contra, hasta tu propia familia; sientes que el mundo se echa encima tuya, sientes como la vida se complica de repente, sientes que ya no sirve eso de no estudiar en los exámenes. Te agobias, lloras, rabias, gritas, insultas... haces demasiadas tonterías que no te llevan a puerto fijo.
La adolescencia es un tiempo de miedo, de miedo a no gustar a los demás, a ser rechazado; miedo a no encontrar el famoso don que tenemos todos. También tenemos miedo a quedarnos solos, a ver pasar la vida y que todo se acabe, a que un día nos veamos solos en este mundo tan grande que nos rodea. En definitiva, los adolescentes tenemos miedo hasta a los insectos.
La adolescencia consiste en ser bipolar, en estar súper feliz un día y al siguiente llorar porque ese chico te ha jodido pero bien. Consiste en salir con los amigos y sentirte afortunada, pero llegar a casa y maldecirte mil veces porque tanto tu madre como los problemas se te echan encima sin dejarte respirar.
La adolescencia es una etapa de amor, de romanticismo y de dulzura; pero también de engaños, decepciones y amarguras. Es una etapa en la que puedes ser la princesa de un cuento un día y al día siguiente sentir que se acabó el cuento y no comiste perdices ni fuiste feliz con aquel príncipe azul que resultó ser rana.
Llega también la primera vez. Dudas porque no sabes cuando será el momento, ni con quién, ni como. Te preguntas donde sucederá, si ocurrirá con la persona con la que verdaderamente quieres. No quieres cometer un error, pues quieres que todo sea perfecto y quieres guardar un perfecto recuerdo de ese momento.
Lo siento, lectores. Pero soy adolescente y es una verdadera locura. No diré que ser adolescente es una mierda, porque no es verdad. También tiene sus cosas buenas, como la locura que tienes en el cuerpo a todas horas, esas ganas de gritar como un chiflado al mundo que te amas a ti mismo y que nadie puede contigo. Pero es una locura porque puedes cambiar de estado anímico en sólo un segundo.
Por enésima vez, gracias a todos los lectores. Un saludo.
Esta definición es la que da la R.A.E.; pero en mi opinión está incompleta. Está incompleta porque la adolescencia no puede definirse en dos simples líneas. Es más, estoy segura de que aunque hoy le dedique este espacio, me dejaré muchos temas sin tratar.
Comencemos diciendo que la adolescencia es una etapa, pero no una etapa cualquiera. Es una etapa de cambios, quizá la más importante en la vida de una persona. Es una etapa de dudas a la vez, y también de decepciones. En la adolescencia comienzan los problemas de verdad. Comenzamos a comernos la cabeza por temas verdaderamente importantes. Sientes que todo el mundo está en tu contra, hasta tu propia familia; sientes que el mundo se echa encima tuya, sientes como la vida se complica de repente, sientes que ya no sirve eso de no estudiar en los exámenes. Te agobias, lloras, rabias, gritas, insultas... haces demasiadas tonterías que no te llevan a puerto fijo.
La adolescencia es un tiempo de miedo, de miedo a no gustar a los demás, a ser rechazado; miedo a no encontrar el famoso don que tenemos todos. También tenemos miedo a quedarnos solos, a ver pasar la vida y que todo se acabe, a que un día nos veamos solos en este mundo tan grande que nos rodea. En definitiva, los adolescentes tenemos miedo hasta a los insectos.
La adolescencia consiste en ser bipolar, en estar súper feliz un día y al siguiente llorar porque ese chico te ha jodido pero bien. Consiste en salir con los amigos y sentirte afortunada, pero llegar a casa y maldecirte mil veces porque tanto tu madre como los problemas se te echan encima sin dejarte respirar.
La adolescencia es una etapa de amor, de romanticismo y de dulzura; pero también de engaños, decepciones y amarguras. Es una etapa en la que puedes ser la princesa de un cuento un día y al día siguiente sentir que se acabó el cuento y no comiste perdices ni fuiste feliz con aquel príncipe azul que resultó ser rana.
Llega también la primera vez. Dudas porque no sabes cuando será el momento, ni con quién, ni como. Te preguntas donde sucederá, si ocurrirá con la persona con la que verdaderamente quieres. No quieres cometer un error, pues quieres que todo sea perfecto y quieres guardar un perfecto recuerdo de ese momento.
Lo siento, lectores. Pero soy adolescente y es una verdadera locura. No diré que ser adolescente es una mierda, porque no es verdad. También tiene sus cosas buenas, como la locura que tienes en el cuerpo a todas horas, esas ganas de gritar como un chiflado al mundo que te amas a ti mismo y que nadie puede contigo. Pero es una locura porque puedes cambiar de estado anímico en sólo un segundo.
Por enésima vez, gracias a todos los lectores. Un saludo.
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viernes, 17 de agosto de 2012
Me agobia la ciudad.
En fin, gentecilla. Creo que el título de esta entrada lo dice todo sobre el contenido de la misma. Me agobia la ciudad. Me agobia escuchar coches, autobuses, cláxones y demás a todas horas del día. Me agobia salir a la terraza por la noche y tener la sensación de que continúa siendo de día.
Echo de menos la playa y añoro también el campo. Esa libertad de poder gritar en la sierra y que mi chillido se adentre y retumbe en tres manzanas a la redonda. Sentir el calor del sol y poder acariciar la arena de la playa, levantarte y romper todas y cada una de las olas que trae la marea, aspirar el olor a salitre que hay en el lugar y sentarte a ver el paisaje durante horas sin aburrirte.
Echo de menos levantarme a media noche y escuchar los tranquilizadores ruidos de los grillos que habitan el campo, respirar el aire puro del monte y dar un paseo a altas horas de la madrugada, haciendo que las preocupaciones que dejaste en la ciudad se evaporen en cuestión de segundos.
Echo de menos levantarme por la mañana y mirar por la terraza del hotel el mar, pensar que eres la persona más afortunada del planeta debido al simple hecho de poder apreciar ese paraje desde tu terraza. Querer que no se acaben nunca esas vacaciones y pensar que el tiempo pasa demasiado deprisa.
Echo de menos esa tranquilidad de poder correr libremente por el campo sin la presencia de semáforos, de luces superficiales y de miles de personas bien vestidas que se quejan si les rozas. Poder escuchar a los pájaros trinar y saber que en ese momento, solo ellos hacen ruido. Poder escuchar tu propia respiración, ya que no hay más ruido donde te encuentras.
Echo de menos la tranquilidad y el descanso de la playa y el campo. Quizá porque soy demasiado romántica y me encanta la naturaleza, y escribir sobre ella. Quizá porque me encanta el deporte y la sierra es el lugar perfecto para ello. Quizá porque escuchar música tumbada en la playa es mi mayor pasión. Quizá por todo eso, echo de menos el relax.
Odio Madrid, chicos (as). Lo odio pero de momento, toca aguantar como una valiente.
Muchas gracias por continuar leyendo día a día. Esta noche habrá más que leer.
Echo de menos la playa y añoro también el campo. Esa libertad de poder gritar en la sierra y que mi chillido se adentre y retumbe en tres manzanas a la redonda. Sentir el calor del sol y poder acariciar la arena de la playa, levantarte y romper todas y cada una de las olas que trae la marea, aspirar el olor a salitre que hay en el lugar y sentarte a ver el paisaje durante horas sin aburrirte.
Echo de menos levantarme a media noche y escuchar los tranquilizadores ruidos de los grillos que habitan el campo, respirar el aire puro del monte y dar un paseo a altas horas de la madrugada, haciendo que las preocupaciones que dejaste en la ciudad se evaporen en cuestión de segundos.
Echo de menos levantarme por la mañana y mirar por la terraza del hotel el mar, pensar que eres la persona más afortunada del planeta debido al simple hecho de poder apreciar ese paraje desde tu terraza. Querer que no se acaben nunca esas vacaciones y pensar que el tiempo pasa demasiado deprisa.
Echo de menos esa tranquilidad de poder correr libremente por el campo sin la presencia de semáforos, de luces superficiales y de miles de personas bien vestidas que se quejan si les rozas. Poder escuchar a los pájaros trinar y saber que en ese momento, solo ellos hacen ruido. Poder escuchar tu propia respiración, ya que no hay más ruido donde te encuentras.
Echo de menos la tranquilidad y el descanso de la playa y el campo. Quizá porque soy demasiado romántica y me encanta la naturaleza, y escribir sobre ella. Quizá porque me encanta el deporte y la sierra es el lugar perfecto para ello. Quizá porque escuchar música tumbada en la playa es mi mayor pasión. Quizá por todo eso, echo de menos el relax.
Odio Madrid, chicos (as). Lo odio pero de momento, toca aguantar como una valiente.
Muchas gracias por continuar leyendo día a día. Esta noche habrá más que leer.
Mis sueños, algo más que retos.
Todos tenemos sueños, y no me refiero a ese tipo de sueños de los que despiertas en el mejor momento. Me refiero a esos sueños por los que te desvives, por los que te levantas cada día con ganas y por los que piensas que no merece la pena tirar la toalla.
Pues eso señores, que todos tenemos ese tipo de sueños; todos soñamos con poseer el corazón de esa persona que nos quita el sueño, todos hemos soñado en alguna ocasión con tener un trabajo que amemos, un trabajo que nos llene y nos mantenga felices mientras lo desempeñamos. Todos hemos soñado alguna vez con hacer algo que nos parece maravilloso, y ese es el tema que trataré hoy.
No voy a escribir sobre los tipos de sueños existentes, ni tampoco sobre los sueños de distintas personas. Voy a escribir sobre los míos, sobre los retos que marcan mi día a día. Los que hacen que mi sudor resbale por mi frente y mis labios dibujen sonrisas al mundo.
Sueño con ser policía, con decorar mi pecho con una placa metálica y decir una vez tras otra eso de "tiene derecho a un abogado..."; quiero escuchar el sonido de los grilletes alrededor de las muñecas de cientos de ladrones, asesinos y otros. Vivo con la ilusión de pisar la Academia de Ávila cada mañana, de despertarme en una de sus camas y decirme a mi misma "lo conseguiste". Quiero tener en mis manos el MAD y estudiarlo como si en ello me fuese la vida. Y lo voy a conseguir.
Sueño también con pisar Italia. Pisar todos y cada uno de sus milímetros, y examinarlos todos ellos. Respirar y distinguir el olor a pasta, a pizza, a Italia, en general. Quiero salir de noche y escuchar los griteríos típicos de la Bella Italia. Sueño con poder parlar el italiano tal y cómo si fuese mi lengua materna. Deseo cada noche poder despertar en Roma, sentir Roma en cada paso que dé. Y sé que Italia está preparándose para cuando llegue, porque llegaré.
También tengo el sueño de bailar bajo la lluvia junto a mi marido. Junto al hombre que me llene de verdad, al que no me haga sufrir ni me haga llorar. Ese hombre que me despierte con el desayuno en la cama y me desperece entre caricias y besos. Que me abrace y sea capaz de parar el tiempo. Quiero bailar bajo la lluvia junto al hombre de mi vida. El padre de mis hijos y el dueño de mi corazón. Y será algo seguro en un futuro.
De ese hombre también sueño con que se aprenda el fragmento de la vida es bella, y que me despierte un día por sorpresa gritándome "Buenos días, princesa. Hoy he soñado contigo, llevabas ese vestido rosa que tanto me gusta. Pienso en ti, princesa. Siempre pienso en ti". Y que consiga enamorarme cada día más despertándome así.
No pido tanto, pues no pido dinero, ni pido un coche de un millón de euros. No pido llegar a la Luna en un cohete, y tampoco pido ropa de marca todos los días. Soy romántica y sólo pido ser feliz en familia, con los míos. No pido un chico rico que me recoja en Ferrari cada día, me conformo con un chico de barrio que me quiera por mi interior y me haga sentir la más afortunada con palabras. No pido ser presidenta del gobierno, sólo quiero llegar a policía, ser mileurista y poder escribir de vez en cuando, porque es lo que me hace feliz.
Por enésima vez, gracias a todos los que me leen. Gracias a Virginia, a Irene, a Lara..a todos, en general.
Pues eso señores, que todos tenemos ese tipo de sueños; todos soñamos con poseer el corazón de esa persona que nos quita el sueño, todos hemos soñado en alguna ocasión con tener un trabajo que amemos, un trabajo que nos llene y nos mantenga felices mientras lo desempeñamos. Todos hemos soñado alguna vez con hacer algo que nos parece maravilloso, y ese es el tema que trataré hoy.
No voy a escribir sobre los tipos de sueños existentes, ni tampoco sobre los sueños de distintas personas. Voy a escribir sobre los míos, sobre los retos que marcan mi día a día. Los que hacen que mi sudor resbale por mi frente y mis labios dibujen sonrisas al mundo.
Sueño con ser policía, con decorar mi pecho con una placa metálica y decir una vez tras otra eso de "tiene derecho a un abogado..."; quiero escuchar el sonido de los grilletes alrededor de las muñecas de cientos de ladrones, asesinos y otros. Vivo con la ilusión de pisar la Academia de Ávila cada mañana, de despertarme en una de sus camas y decirme a mi misma "lo conseguiste". Quiero tener en mis manos el MAD y estudiarlo como si en ello me fuese la vida. Y lo voy a conseguir.
Sueño también con pisar Italia. Pisar todos y cada uno de sus milímetros, y examinarlos todos ellos. Respirar y distinguir el olor a pasta, a pizza, a Italia, en general. Quiero salir de noche y escuchar los griteríos típicos de la Bella Italia. Sueño con poder parlar el italiano tal y cómo si fuese mi lengua materna. Deseo cada noche poder despertar en Roma, sentir Roma en cada paso que dé. Y sé que Italia está preparándose para cuando llegue, porque llegaré.
También tengo el sueño de bailar bajo la lluvia junto a mi marido. Junto al hombre que me llene de verdad, al que no me haga sufrir ni me haga llorar. Ese hombre que me despierte con el desayuno en la cama y me desperece entre caricias y besos. Que me abrace y sea capaz de parar el tiempo. Quiero bailar bajo la lluvia junto al hombre de mi vida. El padre de mis hijos y el dueño de mi corazón. Y será algo seguro en un futuro.
De ese hombre también sueño con que se aprenda el fragmento de la vida es bella, y que me despierte un día por sorpresa gritándome "Buenos días, princesa. Hoy he soñado contigo, llevabas ese vestido rosa que tanto me gusta. Pienso en ti, princesa. Siempre pienso en ti". Y que consiga enamorarme cada día más despertándome así.
No pido tanto, pues no pido dinero, ni pido un coche de un millón de euros. No pido llegar a la Luna en un cohete, y tampoco pido ropa de marca todos los días. Soy romántica y sólo pido ser feliz en familia, con los míos. No pido un chico rico que me recoja en Ferrari cada día, me conformo con un chico de barrio que me quiera por mi interior y me haga sentir la más afortunada con palabras. No pido ser presidenta del gobierno, sólo quiero llegar a policía, ser mileurista y poder escribir de vez en cuando, porque es lo que me hace feliz.
Por enésima vez, gracias a todos los que me leen. Gracias a Virginia, a Irene, a Lara..a todos, en general.
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lunes, 13 de agosto de 2012
Vídeo Txus di Fellatio.
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sábado, 11 de agosto de 2012
Mis comienzos.
Todo comenzó un 13 de Julio de 1998. A las 10:30, un pequeño bichillo lloraba sin cesar en la Paz, tenía la cara rojísima y no paraba de hacer muecas y de tener calambres...a partir de ese momento, se quedó con el apodo de "La Calambres", pero, en realidad, su verdadero nombre era Carla.
Pasaba el tiempo y aquella criatura que ahora escribe estas líneas iba creciendo, iba dando sus primeros pasos, sus primeras palabras y se iba creando su personalidad.
Aquella niña era feliz, no tenía preocupaciones, reía sin parar y no era demasiado sociable con los desconocidos, pero en casa era un auténtico diablo, un payasito que no tenía fin.
Pero la verdadera felicidad llegó cuando comenzó el colegio, pues no había ido a la guardería y aquello era algo completamente nuevo para ella. Comenzó a tener amiguitos y se lo pasaba bien, todo era genial, no había tristeza ni malos ratos.
Quien lea esta entrada, pensará y se preguntará por qué escribo en tercera persona sobre mi misma, y les contesto que porque aquellos tiempos son tan lejanos para mí que no me reconozco, no sé en que punto del camino comencé a cambiar, o mejor dicho, las cosas comenzaron a empeorar, pero sé que mi vida ahora es completamente distinta a como era hace años.
Quizá maduré y haya ventajas y consecuencias, pero hago una comparación, y tengo que parar del dolor que me causa pensar en todo lo que he perdido. Siempre deseé ser mayor, y ahora me arrepiento de todo lo que no hice cuando era pequeña y que ya no puedo hacer por ser mayor.
Simplemente sé que no puedo volver a aquella etapa de mi vida, pero que lo echo de menos demasiado, no quiero seguir estudiando porque antes jugaba, no quiero seguir llorando porque antes reía, no quiero ser mayor porque antes era pequeña, en definitiva.
No, en aquellos tiempos tampoco sufría por chicos, y no sufría tampoco por el miedo a perder amigos, ni por decepciones tan grandes que te hacen llorar...en fin, no sufría por nada que no fuera un juego, unas vacaciones o una merienda.
Supongo que no puedo hacer nada que no sea echarlo de menos y tener la esperanza de que lleguen tiempos mejores.
Un saludo a todos, y gracias por leer mis palabras.
Pasaba el tiempo y aquella criatura que ahora escribe estas líneas iba creciendo, iba dando sus primeros pasos, sus primeras palabras y se iba creando su personalidad.
Aquella niña era feliz, no tenía preocupaciones, reía sin parar y no era demasiado sociable con los desconocidos, pero en casa era un auténtico diablo, un payasito que no tenía fin.
Pero la verdadera felicidad llegó cuando comenzó el colegio, pues no había ido a la guardería y aquello era algo completamente nuevo para ella. Comenzó a tener amiguitos y se lo pasaba bien, todo era genial, no había tristeza ni malos ratos.
Quien lea esta entrada, pensará y se preguntará por qué escribo en tercera persona sobre mi misma, y les contesto que porque aquellos tiempos son tan lejanos para mí que no me reconozco, no sé en que punto del camino comencé a cambiar, o mejor dicho, las cosas comenzaron a empeorar, pero sé que mi vida ahora es completamente distinta a como era hace años.
Quizá maduré y haya ventajas y consecuencias, pero hago una comparación, y tengo que parar del dolor que me causa pensar en todo lo que he perdido. Siempre deseé ser mayor, y ahora me arrepiento de todo lo que no hice cuando era pequeña y que ya no puedo hacer por ser mayor.
Simplemente sé que no puedo volver a aquella etapa de mi vida, pero que lo echo de menos demasiado, no quiero seguir estudiando porque antes jugaba, no quiero seguir llorando porque antes reía, no quiero ser mayor porque antes era pequeña, en definitiva.
No, en aquellos tiempos tampoco sufría por chicos, y no sufría tampoco por el miedo a perder amigos, ni por decepciones tan grandes que te hacen llorar...en fin, no sufría por nada que no fuera un juego, unas vacaciones o una merienda.
Supongo que no puedo hacer nada que no sea echarlo de menos y tener la esperanza de que lleguen tiempos mejores.
Un saludo a todos, y gracias por leer mis palabras.
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