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jueves, 4 de octubre de 2012

Olvidar y rehacer.

Cuando eres capaz de olvidar. Cuando eres capaz de no mirar a esa persona por el simple hecho de que ya no te importa. Cuando puedes aguantar sin hablarle durante el tiempo que quieras. Cuando recuerdas los momentos a su lado y te das cuenta de que ya no quieres revivirlos.

Siempre tuve miedo a tirarme una eternidad esperando el regreso del pasado, llorando cada atardecer al recordar sus labios diciéndome que me quería. Tuve miedo mil veces porque pensaba que nadie ocuparía su lugar. Porque simplemente, él era el único que me había llenado de verdad, o eso pensaba yo. Porque tuve miedo tantas veces que me quedé sin fuerzas, me sentí pequeña mil veces, sentí como el mundo se derribaba sobre mí otras tantas. Toqué fondo y lo reconozco, reconozco que lloré mil veces por un amor que nunca fue ni será verdadero: un error de inmadurez total, un error de alguien que no ha conocido el verdadero amor, si no una ilusión. Tuve temor de ser incapaz de recomponerme de aquel fracaso amoroso, de que él siguiese en mi mente durante demasiado tiempo, más del debido. Creí horrorizada que sus insultos y palabras seguirían haciéndome daño durante el resto de mi vida. Que mi historia tendría un final triste, un final en el que todo acaba mal.

Sin embargo, llevo un mes sin hablar, esquivando su mirada, ignorando sus palabras, que intentan dañarme continuamente. Y lo he logrado, he conseguido llegar a la cima de una costosa y fría montaña que me estaba congelando lenta y dolorosamente. Conseguí, tras un año y seis meses, olvidar aquel pesado y largo amor que tantos disgustos me dio. Conseguí mirar hacia otro lado al verle pasar, ignorar su presencia a pesar de tenerle a dos metros.

Y estoy orgullosa de ello, de haber tocado fondo y haber levantado con tantísima fuerza. Me llevo una lección importante de esta experiencia, y sé que no volveré a vivirla. A partir de ahora recordaré este episodio de mi corta vida como un ridículo, gracioso y estúpido cortometraje en el que la única que no actuaba era yo. Recordaré sus abrazos como los primeros, pero los más insignificantes.

Porque ahora, me toca ser feliz a mi, y él será espectador de ello.

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